En noviembre de 1989, mi tía Rebeca vino a pasar unos días con nosotros en San Bernardino, en Caracas. Lo destacable no fue su visita —solía venir a visitarnos varias veces al año—, sino la escena en que ella estaba sentada en mi cama viendo televisión, específicamente las noticias. Yo, con once años, la bombardeaba con preguntas porque me costaba entender qué tanto interés tenía en el acontecer mundial. En la pantalla mostraban cómo miles de personas se lanzaban sobre el muro de Berlín para derribarlo.

—Pero ¿qué tiene de interesante? ¡Es una gente loca tumbando una pared! —la increpé con la inocencia de una niña con un conocimiento prácticamente nulo de la historia mundial.

—¿Cómo que tumbando una pared? Estamos presenciando un momento histórico: Alemania se unifica. Puede ser el final de la Guerra Fría —realmente me estaba reprochando por no entender la importancia de los acontecimientos. Yo ni siquiera sabía que las guerras tenían temperaturas. Agregó: «Cuánto daría por estar allá, agarrar una piedra del muro y quedármela de recuerdo.»

En abril de 1999, casi diez años más tarde, mi tía falleció a una edad relativamente temprana por complicaciones de la diabetes. Su muerte me dolió mucho: la familia no iba a ser la misma sin ella. Apenas faltaba un año para graduarme de economista en la universidad y ella no pudo verme alcanzar esa meta.

Sin embargo, aunque suene irónico, en cierta medida me alegré. No tuvo que padecer más por el ascenso de Chávez al poder. Ella perteneció a la llamada generación del 58, esa generación de estudiantes universitarios que lucharon por el derrocamiento del régimen dictatorial que ejerció el poder en la década de los 50 en Venezuela. Sufrió cada día del año que alcanzó a vivir bajo el mandato de Hugo Chávez. A pesar de que para esa época el lobo aún estaba disfrazado de cordero, mi tía logró visualizar el negro futuro que le esperaba al país. El tiempo demostró que se quedó corta con el pesimismo de sus profecías.

En lo personal, dejé Venezuela por mis deseos de hacer un posgrado en Israel, país en el que definitivamente encontré mi lugar. Lo escogí para levantar en él a mi propia familia. No obstante, la gran mayoría de mis amigos venezolanos, sobre todo mis compañeros de la universidad, se vieron en la necesidad de salir de nuestro país natal. La realidad sociopolítica los fue ahorcando de tal manera que no les quedó otra opción. Toda una generación se vio obligada a convertirse en lo que yo denomino una «diáspora tropical».

Con mis amigos tratábamos de fijarnos periódicamente un punto medio para encontrarnos, por lo menos así solíamos hacerlo cuando estábamos solteros. En el año 2009 escogimos como destino Berlín: dos amigas venían de Madrid, una de Londres, una de Múnich y yo de Jerusalén.

Carmen, la amiga que vivía en Múnich, había contactado a un guía que nos iba a hacer el recorrido por la capital alemana en bicicleta. Lo importante del guía es que él fue testigo en primera persona de la caída del muro; además, al ser residente de la parte oriental de la ciudad, nos transmitió la euforia de aquel día: cómo desconocidos se besaban y abrazaban en las celebraciones. El guía nos pasó por los principales puntos de interés, entre ellos el Checkpoint Charlie, que fue el paso fronterizo más famoso del Muro de Berlín durante la Guerra Fría y conectaba el sector estadounidense con el soviético. Hoy en día es un ícono histórico donde los turistas visitan una réplica de la famosa caseta militar, además de poder ver allí restos del muro.

Hice una cosa muy de turista: compré una réplica de los grafitis que hoy decoran los restos del muro, en una piedra que supuestamente formaba parte de aquella infraestructura. Seguramente es un «atrapa tontos» para los visitantes, pero cuando lo compré pensé: «Tengo el pedacito de muro que tanto quería mi tía Rebeca.»

En el trabajo formo parte de la comisión para la planificación de eventos y paseos. El jefe insistió en que hiciéramos «un día de confraternidad» en la zona colindante con Gaza. Los organizadores aceptamos solo si el paseo se hacía bajo la premisa «del optimismo y la reconstrucción». Fijamos la fecha para la actividad: el 23 de junio de 2026. Nos enfocamos en el kibutz Beeri, uno de los más afectados por la masacre que perpetró Hamás el 7 de octubre de 2023. Primero fuimos a la imprenta del kibutz, uno de los símbolos de este. Aunque cueste creerlo, la imprenta sufrió muy pocos daños materiales por el ataque. A la directiva se le presentó el dilema de si reabrir operaciones o no; al fin y al cabo, doce empleados habían sido asesinados y otros tantos habían sido secuestrados. A pesar de todo, decidieron, después de una semana de los sucesos, reabrirla: era una especie de señal de no rendición. Incluso hicieron un acto que contó con la presencia del presidente Isaac Herzog. El anfitrión en la imprenta nos dijo: «Su verdadera victoria es ser nieto de los fundadores del kibutz y saber que sus propios nietos iban a poder seguir trabajando allí».

Después nos guio por el kibutz el señor Lior Alon, del vecindario de los olivos en el kibutz. Fue el único vecino cuya familia, y él mismo, no fue asesinada ni secuestrada. Nos contó cómo, a pocos metros de su ventana, vio a uno de los terroristas de Hamás; por el uniforme, inocentemente pensó en un primer momento que se trataba de una unidad élite del ejército que venía a rescatarlos del intenso ataque con misiles que afectaba el kibutz desde las 6:29 de la mañana. Por el grupo de WhatsApp del kibutz se difundían mensajes de que había decenas de terroristas infiltrados, aunque Lior pensó que se trataba de dos o tres hombres armados con cuchillos. Le dio la orden a su familia de entrar al refugio y no salir hasta recibir instrucciones del ejército de que todo estaba bajo control. En este punto empieza lo que Lior denomina la «cadena de eventos de suerte»: la casa de ellos tenía menos madera que las demás casas, por eso no ardió tan rápidamente. Justo unos días antes, su hija había guardado unas toallas en el refugio; esas las usaron para bloquear el humo de los incendios que generaban los terroristas. Querían humedecer las toallas, pero no tenían agua, así que orinaron sobre los trapos y evitaron aún más la penetración del humo. Otro factor que los ayudó fue saber desde el principio que debían bloquear la puerta del refugio desde adentro, de manera que los terroristas no pudiesen abrirla desde fuera. El último factor de suerte fue que los terroristas, en ese punto, no habían descubierto que las puertas no eran blindadas; al fin y al cabo, se trataba de refugios antimisiles y no anti-disparos.

Once horas más tarde, en total oscuridad, llegó el ejército israelí: ahora sí venían a rescatarlos. La familia Alon desconfiaba de que realmente se tratara de fuerzas israelíes. Los soldados, a la vez, temían encontrarse ante una situación de rehenes. Solo después de interrogarse mutuamente, decidieron salir. Entre las cosas que saquearon, los terroristas se llevaron todos los zapatos de Lior y sus hijos. Los soldados les indicaron que no podían salir descalzos entre todos los escombros. No encontraron mejor solución que agarrar las sandalias de los terroristas muertos y ponérselas.

Las ruinas de la casa de la familia Alon son las únicas que quedan en pie; las demás casas las derribaron por completo para iniciar el proceso de reconstrucción del kibutz. Más allá de su testimonio, nos contó que él fue de los pocos que apoyaban la idea de no derrumbar las casas destruidas por el ataque del 7 de octubre, bajo la premisa de que en el futuro «nadie va a recordar lo que allí ocurrió». Esa frase me impulsó a levantar un pedazo de piedra de la casa y llevármelo. Me dije: si tengo un pedazo de piedra del muro de Berlín, ¿por qué no voy a tener una piedra original de las casas destruidas en el kibutz Beeri?

La madrugada del día siguiente, el 24 de junio de 2026, me despertó mi primo a las 4 a. m., hora de Israel, con la noticia de que un doble terremoto de alta escala acababa de sacudir a Caracas. Para ese momento no podía imaginarme que uno de los sitios más afectados fue mi querido San Bernardino. Muchos de los edificios que representan recuerdos de mi infancia están caídos o a punto de caerse. De allí no voy a poder guardar una piedra como recuerdo de lo ocurrido; solo me queda lo que guarda mi memoria.

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