Palabras de Bella Clara Ventura en la inauguración
Me complace estar frente a una audiencia que me recuerda a mis antepasados. Conforman una historia que navega mi alma y toma voz propia. Agradezco la invitación y el haber podido hacer parte de este interesante foro donde de seguro aprenderé mucho y me colmaré de vivencias extraordinarias.
Debo hacerles una confesión antes de entrar en materia, ya que para llegar a este maravilloso presente tuve que navegar tiempos difíciles con la incertidumbre que traen las búsquedas. Durante un tiempo y con una educación muy francesa, me aparté de mi judaísmo, sin jamás negarlo, pero le di importancia a un mundo intelectual como prioridad, hasta descubrir el alma judía que me habita y que gritaba su identidad sin ser escuchada.
Hoy vivo en Israel, hice aliá hace 12 años con la felicidad que me aporta vivir en una medina, que sin bien resulta compleja es la nuestra y se viste de milagros.
Estar entre ustedes, descendientes de sefaradís como yo, me hace revivir a la abuela Bella, de quien llevo su nombre y al tío León, quien fue el primer emigrante a Colombia. A sus escasos 13 añitos emprendió el viaje hacia lo desconocido. Pronto con tesón y trabajo le brindó la posibilidad de traer a sus padres y hermanos a sus orillas.
Ante la pregunta que le hice de pequeña:
-Tío, qué profesión tienes, contestó: no sé, hiyica, un día me acostí sin profesión y al día siguiente amanecí constructor, arquitecto, contador y abogado.
Son esos personajes los que habitaron mi infancia. Sobre todo, la abuela con los cantos de Turquía, sus canciones de cuna y sus romances. Cantaba todo el día. Nunca supe si cantaba bien o mal, pero sus notas invadían mi corazón con “durme, durme, mi angeliko, hiyico chico de la nación, criatura de Zion etc”…y sus historias antiguas en su voz me embelesaban. Debe ser que cantaba bien porque mi hijo es cantante de ópera ¡y no veo de quién más pudo heredar ese talento!
Ella me acercó un idioma y costumbres que me resultaban originales por no decir extrañas al cuestionar su habla, aunque debo confesar que de a poco a poco se fue acunando en mi alma, sin verdaderamente estar consciente de ello. Cada vez que por casualidad me topaba con alguien que estuviera hablando en ladino, el corazón retozaba en mi pecho.
Sus dichos aún me habitan como éste que repetía para hacernos entender que debíamos ser muy positivos. (en aquel entonces no se hablaba de buena energía ni de buena vibra, pero a la postre seria lo mismo) “Hiyica, no hables mal del día antes de que amanezca”.
Sus palabras se cargaban de filosofía, y aunque nunca fue parlanchina siempre tenía un refrán exacto para la ocasión como “no hay mal que por bien no venga” cuando alguna circunstancia se presentaba adversa. Crecí con aquellos lemas que me han ayudado a solventar cualquier revés, y los he tenido bien nutridos, con la suma de la palabra “pasensya”. Me la enseñó desde niña.
De inmediato seguía otra frase: “verás que haberes buenos vendrán”. Era sabia esa abuela Bella que ocupó mis primeros pasos. Me decía no seas “pesgora” cuando mi comportamiento dejaba que desear. A temprana edad, no entendía que me estaba sembrando un mundo afectivo que tendría nombre propio: el universo ladino traído desde Syrma, su tierra natal.
A veces, también me imponía “se querekayades” cuando me tornaba inquieta y agitada. Me hablaba de una manera que me divertía, pero que fue penetrando mi mundo emocional de una forma que yo misma no captaba. Me contaba historias que lamentablemente en ese momento, no tuve la inteligencia o el despertar de conciencia para indagar más. Nunca pensé de niña ser escritora y lamento haber faltado a las preguntas como debí hacerlo para estar mejor informada.
Tampoco eran tiempos cuando al niño se le permitía ser tan preguntón ni investigador. Me mandaban a callar por ser tan curiosa y fastidiosa. Ya basta, no seas tan preguntona se me reprochaba, a lo que contestaba, si quiero ser genio, debo preguntar mucho. No valía mi argumento. El espacio que se nos otorgaba era el juego y sin perturbar la conversación de los adultos. Se insistía en nuestra buena educación y en un comportamiento adecuado para el niño.
Tiempos tan diversos a los del hoy, aunque tampoco tengo la edad de piedra, pero no hace tanto se hacía hincapié en los valores y los principios, que lamentablemente se han deteriorado con la educación tan permisiva que hallamos en la actualidad.
Pero, no voy a detenerme en esas consideraciones que, si bien tienen relevancia, me importa en este momento traer a la abuela con su imagen hacendosa al estirar la masa de harina desde el despuntar del alba para hacernos esos boyicos de jandracho, que tanto nos engolosinaban el paladar. Me decía si quieres cocinar bien mete todo bueno en la olla y así saldrá gustoso. Y se relamía los labios para certificar su afirmación. ¡Cómo recuerdo esa imagen! Y los olores mañaneros que traían sus recetas. La casa se impregnaba de perfumes de comida sabrosa. Lo plasmé en mi novela “Rehén de la memoria”.
Como otros giros que pronunciaba en momentos propicios: “hiyica, saca todo bueno de la boca, que si los cielos están abiertos a lo mejor te escuchan”.
Era su propuesta para que nuestro pensamiento fuera positivo. Y nos contaba el cuento que en su tierra la gente moría de aj. A la pregunta que es aj, respondía: se sentaban en un sillón y decían aj. De pequeña este cuento me parecía mágico, ya de adulta comprendí que no era una enfermedad, sino que el sonido del aj se basaba en la última expiración. Y que decir cuando algo se rompía, ella recogía los pedazos y añadía: ahí que se vaya todo lo malo, Kapará.
Era sabia mi abuelita, Bella Corkidi, descendiente de uno de los fundadores de Tel Aviv, Nisim Corkidi. Gracias a su nacionalidad turca durante el mandato otomano tuvo los privilegios de poder hacer trámites en nombre de otras 65 familias que le otorgaron su confianza para recibir los dineros indispensables para comprar los primeros terrenos de la ciudad.
La madre de mi progenitora, Bella Corkidi, fue el personaje que más me marcó porque en cada frase se plasmaba una sentencia que lo implicaba todo, sin rodeos ni artificios, como las palabras “kayades” o pasensya, atributos tan ausentes en nuestro tiempo de tanta convulsión. Imponentes se hacían vigentes cuando se precisaba del silencio para ordenar el ambiente.
Y qué decir de un adagio que acompaña mis horas y me ha permitido la resiliencia que se necesita para afrontar la existencia: “hiyica, no hay mal que por bien no venga”. Con esta sentencia me estaba iniciando en la dialéctica tan presente en todo momento. Curiosamente, ha sido mi fuerza el ver que el mal no llega solo, de inmediato algo bueno nos ofrece la vida. Existe la ley de la compensación. Constatación que hago en el trajín de mis días.
Y bendigo a mi abuela Bella, por haberme dado su nombre, que hoy llevo con orgullo, y por haber sido aquel personaje que me iluminó en todo momento, aún ausente en cuerpo no se desprende de mi espíritu donde ocupa un placo de honor y desde donde escucho sus sabias enseñanzas. Nunca me abandonan. Me cargo de su eterna bendición: “engraciada en los oyos del Dio y de todo el mundo”. Creo que ha surtido efecto ya que, para mí, resulta de vital importancia mi relación con la otredad. Es la que me da dimensión y me permite crecer. Y hoy con ustedes ha sido el caso, me llevo un gran legado para darle mayor relieve a mi mapa interior y a las venas de mi corazón, donde corre la sangre de mis antepasados con su oda a la vida.
Y recordar a la abuela que me decía: si te presentas “bien peinada y bien calzada, siempre lucirás bien”.
Espero haber cumplido con su enunciado y haberme presentado ante vuestros oyos“bien peinada y bien calzada” para dejar bien en la cima lo inculcado por mi abuela de la lejana Turquía, que tanto me legó. Y que no tenga que lamentarse con su Ah Dio Dio, que solía decir cuando algo no le parecía a la altura de sus enseñanzas. Que Hashem me la siga teniendo como guía de mis horas y como el ejemplo que he sabido seguir, aunque con ciertos desvíos que hoy me hacen decir, que yo nací en Jerusalén hace 2000 años parafraseando la idea de nuestro maravilloso premio Nobel de Literatura Shmuel Yosef Agnon: “Como resultado de la catástrofe histórica en la cual Tito de Roma destruyó Jerusalén y el pueblo de Israel fue exiliado de su tierra, yo nací en una de las ciudades del exilio (diáspora). Pero me consideré a mí mismo como si hubiera nacido en Jerusalén”. Y pienso y siento lo mismo.
