Por Nelson Gilboa

Cuando sonó la sirena de misiles, bajé al Miklat público -el refugio de mi cuadra- algo molesto por tener un ojo tapado a raíz de una operación.

Segundos después, llegaron niños de una guardería cercana. Bajaban en fila, ordenados,

como en un ritual ensayado tras demasiados días de guerra.

Los adultos no preguntaron nada pero los chicos, sí. Se acercaban de a uno, con esa curiosidad sin permiso:

—¿Perdiste el ojo trepando a un árbol?

—¿Te hirió una bomba?

No alcancé a responder cuando llegó la definitiva:

—¿Sos un pirata de verdad?

—Sí —dije—. Pero de los buenos.

Sonrieron.

—¿Y el loro?

Pensé un segundo:

—Lo dejé en casa… no quiso venir.

Risas.

Otro preguntó:

—¿Y ves bien con un solo ojo?

Lo miré serio:

—No… pero veo cosas que los demás no ven.

Silencio.

—¿Qué ves ahora? —preguntó una pelirroja.

Los miré: despeinados, atentos, ajenos al peligro.

—Veo chicos lindos, inteligentes y curiosos… que deberían estar jugando, no acá conmigo en el subsuelo.

En ese momento, el celular anunció: “El evento finalizó”

Subieron corriendo.

Uno se dio vuelta y gritó:

—¡Chau, pirata!

Me quedé pensando.

El parche no te da poderes, pero los chicos sí.

Por un rato fui pirata, trepando a un árbol para unirme con mi loro.

Y cuando uno está jugando… hasta el dolor se distrae.

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