Terminé un trámite en la ciudad de Petah Tikva y justo cuando subía al auto para volver a Ramat Gan ¡zás!… sonó la advertencia que me sobresalta tanto; mi corazón no logra acostumbrarse.
Prudente, desistí de viajar: a ver si un misil o un fragmento me sorprende en la autopista interurbana. Cerré el auto y miré a un vecino que adivinó sin dificultad lo que necesito.
-Ahí está el refugio público -señaló un edificio- en el segundo subsuelo.
Agradecí y al entrar, alcancé a leer: Bienvenidos a la Residencia Bnei Simjá. “Hijos de la Alegría” se llamaba el lugar. O los hijos de Simja -pensé-.
Bajé por las escaleras al refugio subterráneo y ya estaban allí: “los hijos de la alegría” resultaron ser internos con deficiencias mentales graves. Al escuchar las explosiones una gritó, otro aullaba, una tercera se tornó agresiva, muchos se veían extraviados, algunos temblaban.
Intenté calmarlos poniendo una canción en el celular, pero alguien me lo arrebató.
Tres sirenas seguidas. Estuvimos allí unos caóticos veinte minutos hasta el alivio del anuncio “el evento finalizó”.
Recuperé el celular y subí las escaleras despacio, más triste que nunca.
Para los hijos de la alegría -pensé- el evento no termina jamás.
