Subí a un ascensor bastante amplio, como para albergar a mucha gente, en un edificio de varios pisos, en el centro de Tel Aviv.
Cuando empezó a sonar la sirena, una señora que pintaba canas y arrugas en su rostro tropezó y alcancé a tomarla por su brazo derecho, antes de que cayera, dado su apuro y falta de estabilidad. Ella no soltó al perrito blanco que llevaba en sus brazos, mientras la correa de color rojo se balanceaba con los movimientos de ascensor.
Una chica joven temblaba -no de frio sino de miedo- mientras me miraba con sus ojos azules muy expresivos, como deseando hablar conmigo.
En el segundo piso, ascendió una mamá joven con un niño de unos 3 años que chupeteaba a gusto un chocolate.
Un hombre apagó un cigarrillo de hoja al ingresar al ascensor y de él emanaba un fuerte olor a tabaco.
Un muchacho de unos 17 años llevaba una guitarra en la espalda con su funda puesta.
Otro puteaba en voz baja, como diciendo “qué situación de mierda”
Al llegar al subsuelo, un niño le pidió a su madre hacer pis.
Me sentí -en esos breves minutos- en el ascensor de las vivencias humanas:
como un espectador de teatro frente a una escena absurda de la guerra, donde el miedo, se convierte en un mecanismo para defenderse de lo que nos pudiera ocurrir.
Ojalá -pensé- que la paz se convierta en la terapia colectiva que el mundo necesita.
