Refugio compartido y en él, un matrimonio con cuatro hijos y dos canes pequeños.

La otra familia, de edad dorada y con un cuidador. Al sonar la alarma, todos bajan corriendo al refugio subterráneo. Los ancianos, con dificultad y pánico, se han caído dos veces presas de palpitaciones y temiendo no llegar a tiempo.

Uno de ellos tirita.De pequeño, vivió la segunda guerra mundial, lo enviaron un tiempo a un internado católico, tiene malos recuerdos.

Ya dentro, sonríen de nervios. Conversación trivial, bromas, si la alarma es de día.

De noche -a las tres o a las cinco de la madrugada-vecinos con ojos semicerrados, sin habla, descalzos, prenda en mano, medio cubiertos.  Las cabezas bajas… mirando teléfonos.Como girasoles secos.

Una pequeña acurruca su muñeca. Le sale sangre de narices, gime. La muñeca ensangrentada. Con el pie da un pequeño golpe al perrito.El hermano grita furioso, la sangre corre, la madre descarga sus nervios contra el hijo. El canino asustado, sube al almohadón de la hija mayor que, molesta, lo baja.

El padre cabeza gacha. El cuidador sujeta con fuerza la bolsa de remedios. Los ancianos dormitan.Sus cabezas juntas, una con la otra, sus manos entrelazadas.

Como dos enamorados en el banco de un parque.

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