Para Raquel, la madre de David, las plantas eran otro miembro de la familia, e incluso más. Ellas tenían significados subliminales o energéticos que nadie más de la casa poseía. Además de ser decorativas, las trataba como una especie de mascota. Era impensable salir de vacaciones sin antes preocuparse por ¿quién va a regarlas en nuestra ausencia?
A través de sus matas se podía estudiar a la mujer. Por ejemplo cuando se divorció, la primera señal que dio de lo innecesario que era tener un hombre al lado para resolver los problemas domésticos fue agarrar el taladro y perforar el techo de la jardinera para colgar materos con helechos frondosos. ¿Por qué helechos? Porque le recordaban las casas de su niñez, esas casas coloniales con un patio central y un corredor con columnas gruesas y vigas de arcos blancos que soportaban el tejado; eran los helechos los que servían de cortina entre el patio, el corredor y el resto de la casa.
Con frecuencia los paseos domingueros eran a los viveros de las afueras de la ciudad, así renovaba el inventario de las plantas. Si no, en las visitas a las amigas o las tías, el punto final de una conversación sobre el cuidado de las plantas era pedirles, sin el menor de los reparos, que le regalasen un retoño de alguna que había visto en la casa de la anfitriona, para luego plantarlo ella misma e incluso vanagloriarse: «esa que ves allí es de la ramita que me diste».
Una tercera forma de agrandar «su flora» -la más inapropiada- era robarse «un gajo o una rama». David siempre comenta una anécdota jocosa: cuando apenas aprendió a manejar, Raquel le dijo: «maneja tú, más adelante en la esquina te detienes, pero no apagues el auto». Arrancó del porrón una rama cargada de trinitarias, justificando su acto, como si fuese un Robin Hood de la vegetación, seguido de la orden ¡arranca! “Es que estas son trinitarias anaranjadas, muy raras de encontrar. Hice el corte en diagonal, así a la planta que está allí sembrada no le va a pasar nada. Yo esto lo pongo en un vaso con agua y le sale raíz, eso sí, después la siembro en un matero porque la raíz de la trinitaria tumba paredes».
Más allá de las virtudes decorativas de las plantas, Raquel tenía fe ciega en las propiedades energéticas. En la puerta de la entrada a la casa, al lado de la «mezuzá», la «hamsa» y el espejo redondo, colgaba una penca de sábila atada con un hilo rojo, porque eso es el escudo más efectivo para que al hogar no le entre el mal de ojo.
Cuando David trajo por primera vez a su novia, se podía decir a simple vista que hubo buena química entre las mujeres. Raquel guardó para sí misma aquel pellizco que le causaba en el corazón el hecho de tener una nuera no judía. Esto lo tapaba autoconvenciéndose con la frase «lo importante es que él sea feliz». Sin embargo, algo dejó escapar con el comentario que lanzó al aire: «Se me van a secar los cactus, ya la fulanita dijo que estaban bonitos, no sé qué tiene esa mujer que me seca las matas».
Esa era otra propiedad oculta de las plantas, morirse ante las malas energías de algún visitante.

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