Caían los primeros rayos de sol del mes de febrero en la tierra de leche y miel. 

La lluvia había ayudado a que los ríos cobraran vida, al igual que los paisajes lucieran como los de una pintura con sus diferentes tonalidades de verde.

Hoy era su día especial, el día en que les agradecían su existencia. Habían esperado ansiosos las tres estaciones anteriores para compartir con los humanos de sus frutos en una gran celebración.

​La higuera estaba lista, con sus hojas grandes y lobuladas. El granado, aunque fuera pequeño, presumía de sus frutos rojos como si fueran accesorios. El sabio olivo, con sus raíces atadas de corazón al país, había visto generaciones disfrutar de la fiesta. La palmera datilera era la más alegre: parecía que sus brazos bailaban al son del viento. Y el almendro, el más bello, compartía sus frutos para que degustaran dulces pasteles.

​ Por la mañana, los árboles contemplaban desde lo alto a los niños poniendo semillas de bondad y esperanza debajo de la tierra que aún olía a lluvia para que, así, dieran frutos para la siguiente generación.

​Más tarde las familias se reunirían en un festín de colores para agradecer la vida recibida; porque la naturaleza nos da todo sin pedir nada a cambio.

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