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Por Ricardo Lapin

Conocí a Majmud cuando era miembro de un kibutz en el desierto del Neguev. Cada año llegaba su “jamula”-tribu familiar- a nuestros campos, a pedir instalar las carpas y pasar el invierno allí.  Cada año había 2 ó 3 campos “en reposo” de cultivos, fumigaciones y fertilizar, y el gran rebaño de cabras y ovejas pastaba y limpiaba de hierbas todo el entorno, y dejaban una capa de excrementos que era el mejor abono para los arenales que llamábamos campos. Hacían uso de agua, pero no era excesivo ni caro, y una buena vecindad bien lo valía: ellos no nos robarían tractores ni caños de riego, ni permitirían que otros lo hagan: asuntos de honor. Cuando llegaba la primavera y antes de seguir viaje por las inmensidades cada vez más alambradas del desierto, preparaban una fiesta para agradecer a nosotros, los anfitriones, por la hospitalidad. En esta “jafla” se mataba un cordero (lo que en su economía es algo de lujo: sólo en casamientos o eventos muy especiales) y se invitaba a los “honorables” del kibutz: el secretario, la tesorera, algunos “orientalistas” que sabían hablar árabe, niños curiosos, y algunos más. Como todas las tradiciones (desde cómo tomar café a cómo saludar) tenían un idioma y un código de la cultura local: no traer muchos invitados, porque lo que quedaba del banquete era la comida luego de las mujeres, los hijos adolescentes y los niños. El problema era llegar a ese mínimo de 6 adultos, porque lamentablemente, a la oveja la cocinaban en agua hervida (en lugar de brasas) y lo que podría ser un sabroso asado de cordero era carne grasosa con pieles… hervida. A no poca gente le daba sincero asco, pero era por todos sabido que yo, a un pedazo de carne, no me negaba aunque fuera de cocodrilo o murciélago, aunque haya pasado esas vejaciones más cercanas al lavado de ropa que a la cocción. Y aparte, qué sacrificios no se hacen para estar en buenos términos con los vecinos… Y así, año tras año, fui invitado a comer en sus carpas, sentados sobre el piso, frente a una fuente enorme de cobre, llena de kilos de arroz y el cordero trozado, comiendo con las manos como nuestros anfitriones.

Una vez, charlando de qué hacía cada uno en el kibutz, la tesorera me presentó como “el pintor del kibutz”.  El patriarca de la tribu me miró con sorpresa y mandó llamar a Majmud.  Majmud era el hijo menor de su primera mujer – tenía 3 esposas- y tenía 20 años. Era inquieto y creativo, y quería todo el tiempo “aprender a dibujar”.  Cuando salía de niño con el rebaño esculpía muñecos en ramas de tamarisco con su navaja.

“Insistí en que fuera tractorista, con la pala mecánica o la grúa… ¡eso es un oficio! pero nada. Testarudo como un burro, así que le dejé hacer… estudiar.  Son los designios de Allah…”

Así me enteré que Majmud, luego de sus jornadas de trabajo, empezó a estudiar con libros. “Sé lo que es eso” -le dije algo fatuo- “de chico caminaba 2 kilómetros para ir a la biblioteca en mi ciudad”.

“Bueno”, me contestó sonriente “aquí debo caminar una hora y media hasta la ruta, y esperar bajo el sol a que el ómnibus pare, porque no hay parada.  Y luego, unos kilómetros más hasta la biblioteca en Beer Sheva”.

Comenzó  a estudiar en forma autodidacta dibujo y pintura, hasta que con registro de conductor comenzó a ir a cursos nocturnos. Pero su vasta cultura me sorprendía, se me hacía que vivir entre cabras y con olor a fogata, en una vida nómade, no iba de la mano con la cultura.  Majmud me sorprendía cada nueva vez y sin querer exhibir cuánto había leído: el diario del Che Guevara en Bolivia, el evangelio según San Mateo…

Hablando de “El Principito” me declaró “Un día sacaré registro para volar en avión”, con esa sonrisa suya con 2 dientes ausentes. Majmud era una lección viviente contra mis estereotipos. Una vez me animé a preguntarle sobre “la venganza de sangre” en la cultura beduina. Me miró con franco desprecio y dijo: “Ustedes, los occidentales, creen que lo saben todo pero no entienden nada. Creen que somos lobos sedientos de sangre… ¡Es exactamente al revés! La venganza de sangre es para prevenir daño, muertes, salvar vidas… es lo que permite a una niña pastora alejarse a kilómetros de su familia, sola con su rebaño, con la seguridad que no será atacada por nadie… Desde entonces -y no solo con Majmud- mido mis palabras, pregunto si es oportuno que me expliquen algo, y asimilé que a pesar de poseer mucho conocimiento, se puede ser muy ignorante.

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4 thoughts on “TRADICIONES DEL DESIERTO

    1. Gracias Ana, a veces las circunstancias obligan y enseñan. De encuentros con beduinos aprendí a ver historias y dramas escondidos en la arena ( una lagartija escondida esperando a un escarabajo para comerlo después), todo a través de huellas. Y da para pensar que huellas dejamos nosotros en la arena de lo cotidiano. Un saludo cordial.

  1. La riqueza de un pueblo, tribu, etnia o comunidad, son sus costumbres particulares.
    Gracias Ricardo por acercarnos, a la interesante cultura de «Los Beduinos, a través de este ameno relato, y su personaje Majmud.

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