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Por Patricia Winer

Pisar un suelo casi prohibido.
Andar sus calles sin pisotear, la memoria de los míos.
Buscar preguntas a respuestas invisibles,
que no se dejan deschavar.

Enamorarme de una ciudad
que despojó de identidad los nombres
entre los muros construidos, cuyos raídos ladrillos
hacen eco de gritos desesperados
de inhumanidad.
Sangran sus tajos por las grietas,
las mismas, por donde asoma el brote de una flor.
Imposible saltar al otro lado del pedazo del gueto
sin volver a morirme con los muertos.

Hacer filas obligadas para que el azar elija:
Derecha o izquierda, muerte o infierno.

Varsovia penetra por las venas con la misma rudeza
que su gélido invierno cala debajo de mi cara.
La crudeza te hace fuerte.
Una sirena que canta con voz suave,
sin dejar de portar un escudo y empuñar su daga.

La gente tiene la historia marcada en los surcos de la piel
y una melodía triste en la mirada.
Un acordeón a piano abre sus fuelles sobre las piernas de un músico,
joven con el alma avejentada.
Quiero escapar pero me atrapan sus arenas movedizas.
Varsovia echa alcohol en mis heridas traídas del pasado,
y luego, les hace una caricia.

Los rojos, naranjas y morados de las flores hipnotizan,
los verdes de las hojas dan un soplo de aire que permite volver a respirar
me invita a los senderos de los parques palaciegos.
¿Acaso saltaron sobre estos colchones de hojas secas, cuando niños, mis abuelos?

Bajo la sombra de un sauce ladeado por el viento está Chopin.
Todo el parque transita su mejor nocturno componiendo vida,
mientras Frederick descubre nuevas melodías.

Por un momento, ya no soy turista.
De alguna manera siempre he recorrido estas calles y arboledas.
Me he cobijado a la sombra de sus milenarias copas,
frondosas de presencia de quienes ya no están.
La ciudad va siendo también, un poco mía.

¿Acaso, puede…
ser culpable una nación de los tiempos negros de viejos calendarios?
¿Quién pudiera responder con la certeza
de no errar en la sentencia?…
Lo que sí se puede, es condenar las reincidencias.
Duelen todavía mucho más.
Pero el río Vístula sigue su curso.
Ahoga en sus profundidades restos de ceniza
y el coraje de quienes hicieron con lo poco que tuvieron,
resistencia.
Si observas bien, puedas ver sonrisas queriendo reflotar,
y estrellas amarillas.

Varsovia se levanta sobre las alas del fénix,
resurge como del lago emerge el Palacio,
arrastrando sus verdades.
Los modernos edificios con cristales ahumados -no quieren dejar verse las vergüenzas-
se mixturan con edificaciones viejas y reconstrucciones del ayer.

La ciudad baila al ritmo sensual de los tangos,
otrora importados,
que se hicieron del lugar.
Tangos polacos con letra propia
y colores de arrabal.

Las palomas recogen sus migajas y continúan su vuelo
hacia destinos olvidados en las fachadas,
del otro lado del agua.

¿Qué pensarían si me vieran andando sus caminos?
Era ciudad vetada, palabra maldita, pena y dolor…
Ellos jamás osaron regresar,
ni sus hijos, ni sus otros nietos.

Y aquí estoy yo.
Contemplando la belleza de Varsovia.
Revolviendo las cartas del pasado,
anestesiando las heridas,
recordando, para no olvidar.

Acerca del Autor

Patricia Winer

Patricia Winer (Buenos Aires, 1971) Poetisa de alma y escritora en ciernes. Diplomada como Contadora Pública Nacional, su balance arroja un cero en el stock de rencores, una columna de besos morosos y un haber de abrazos pendientes. Su piel sigue sudando rebeldía. Se instaló en la piel de una inmigrante. Es siempre pasajera en trance. Vive a orillas del Mediterráneo y naufraga entre las letras. Adora leer, bailar y los buenos vinos. Odia las despedidas y nada le molesta más que una noche perdida… Sabe que si no sueña no le queda nada y si se le acaba el mundo, lo volvería a escribir…
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